De la tolerancia a la empatía

13/Sep/2016

Los últimos 25 años han visto transitar, dificultosamente, la sociedad chilena por distintas etapas frente al complejo tema de la diversidad. Lo otro, lo raro, lo complicado, lo distinto, lo incompleto, lo provocador, lo que cuestiona.

Hace un cuarto de siglo se hablaba en Chile de “tolerancia”, como si tolerar no fuera en sí tremendamente discriminatorio: tolero tu diversidad, soporto calladamente tu rareza…
El lenguaje crea realidad y viceversa, el “inválido” resta validez, el “diverso” establece una supuesta normalidad respecto de la cual esa diversidad diverge. Una vez más el punto de observación es determinante para la medición y comprensión del fenómeno.
En el caso de la diversidad sexual, social, nacional, racial, en medio a grandes dificultades y con graves prejuicios aún existentes, la sociedad chilena ha avanzado considerablemente en el último cuarto de siglo.
Aún fuertemente al debe en materia legislativa e institucional, la sociedad chilena parece ir encontrando el lenguaje y dotando ese lenguaje de contenido real. Sin embargo tenemos por delante un esfuerzo cultural enorme para no sentirnos avergonzados de nuestro cotidiano actuar y hablar al respecto.
Si en los aspectos antes mencionados, junto con constatar enormes carencias podemos, por lo menos, reconocer avances, no sucede lo mismo en el caso de la discapacidad, donde la sociedad entiende y siente poco y la institucionalidad hace esfuerzos aislados e insuficientes.
Una sociedad que privatiza los derechos ciudadanos, difícilmente puede asumir social y solidariamente las pesadas cargas de la discapacidad, y sin embargo estas cargas son casi imposibles de soportar privadamente por las personas y sus familias.
En este aspecto hemos avanzado muy poco como sociedad y muy insuficientemente como institucionalidad.
Hay un importante porcentaje de chilenas y chilenos que viven a diario graves formas de discriminación; las ciudades, los medios de transporte, los medios de información, la ignorancia respecto de su condición por parte de la ciudadanía, etc. agregan a su discapacidad física todo tipo de barreras prácticas, sociales y culturales, al punto que su discapacidad se convierte en el menor de sus problemas de integración social y plenitud de vida.
La respuesta caritativa es discriminatoria, esa ciudadano/a no necesita compasión, necesita respeto, no precisa de curiosidad morbosa, precisa de interés humano, no basta respecto de ellos “la buena acción del día”, exigen una preocupación seria, sistemática  y constante de la sociedad, sea en términos culturales que institucionales.
Inclusión es el concepto al que hemos llegado, pero ¿puede una sociedad culturalmente excluyente practicar la inclusión de manera cabal? La respuesta a los problemas complejos nunca es simple y raramente es una sola.
Sigamos construyendo este viaje cultural de la”tolerancia” a la empatía.
* Foto de la maqueta tridimensional (1 a 2000) del Parque Cultural, la que se encuentra en la Oficina de Informaciones dispuesta para recibir a las personas ciegas para que éstas se puedan ubicar en el espacio y entorno.

 

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